«Acerca del esperanto», por Futabatei Shimei
(Nota: La adaptación de este ensayo responde únicamente al interés del traductor por determinadas materias o autores, ya sea de forma directa o indirecta.
Este texto se ha traducido de forma manual sin el uso de IA generativa).
¿Quieren oírme hablar acerca del esperanto? Pues bien, así haré, pero tengan en cuenta que la editorial Saiunkaku publicó el pasado mes un libro titulado «Esperanto: La lengua franca», que se trata a todas luces de una introducción a la materia. De hecho, en el prefacio del mismo, escrito en su totalidad de mi puño y letra, ahondo precisamente en el tema. ¿Lo han leído ya?... ¿Cómo? ¿Que aún no? Mal asunto… Bueno, qué le vamos a hacer. A riesgo de resultar algo redundante, tendré que hablarles acerca de los orígenes del esperanto como tal. Estamos ante un idioma que surge, simple y llanamente, porque la necesidad es la madre del ingenio. La invención del esperanto responde a la malhadada carencia de una lengua común a todos los pueblos, y hay quienes han planteado que una solución sea la de usar sistemas gráficos. No obstante, al observar un símbolo como ○, un inglés ve propio llamarlo sun y un alemán sonne y un japonés taiyō, ¿o no? Se trata, pues, de una discordancia insostenible en sí misma. Hubo quienes sugirieron que se escogieran el inglés o el francés como lenguas francas por antonomasia, dado que son hoy día los idiomas más hablados por lo general, pero conlleva una serie de tesituras y problemas que obligan a descartar la idea. Por ejemplo, el inglés estará encantado con que su idioma se hable por doquier, pero para cualquier persona de otra nación supone una desventaja. Esto también se aplica a otros idiomas como el francés o el alemán, sumado a que el egoísmo patriótico de cada nación cala hondo y se negarían a ceder ante la idea de integrar otro idioma como estándar de internacionalización, prefiriendo en su lugar presionar para que el propio se tome de referencia. Así pues, en vista de que un idioma ya existente no sirve como base para asentar esta idea, la única manera pasa por crear una nueva lengua desde cero y difundirla al público general.
Varios académicos de todo el mundo se pusieron manos a la obra en aras de este propósito y, en el año 1882 (lo que vendría a ser el 12 de Meiji), se inventó un nuevo idioma conocido como el «volapük». Mucho más ingenioso que el sistema de símbolos, pero, por desgracia, excesivamente artificial y despegado de los idiolectos, tan diversos entre pueblo y pueblo, de modo que el resultado final no sería sino una sarta de incongruencias. Pese a ello, como era una propuesta única, hubo quienes optaron por estudiarla, e incluso en Japón llegó a publicarse en el Yomiuri Shimbun un apéndice que recogía la traducción de la gramática del volapük. Hubo quienes profundizaron en tal rama, pero no llegó a ser un idioma de amplia difusión en ningún país para cuando a finales de 1887 (es decir, el 18 de Meiji) se hizo pública la lengua que trato aquí. Varsovia (por entonces, del Imperio Ruso) fue la sede del anuncio por parte de un polaco: el doctor Zamenhof, cuyo esperanto se extendió a toda velocidad por todos los confines del mundo dada su fluidez y accesibilidad en comparación al volapük. Salvo por Asia y África, en todos los demás continentes se han fundado comunidades de estudio, con traducciones de libros de texto llevadas a cabo en múltiples idiomas. Cuando a mí me instruyó un hombre llamado Postnikov en Vladivostok, me comentó que el esperanto se estaba estudiando con avidez en Occidente, aunque para mi pesar cometí la insensatez de desdeñar esta información, que no me resultó tan importante como los pormenores del idioma en sí. Más adelante, cuando acudí a Pekín, recibí cierto día una carta proveniente de París. Aunque al principio me quedé extrañado ya que no tenía conocidos en dicha ciudad, al abrir la carta me encontré un texto escrito en esperanto en el que se me preguntaba cuánto había avanzado la difusión del idioma en Japón. Iba firmada por un francés, aunque su nombre me resultaba totalmente ajeno. Deduje que formaba parte de la Asociación del Esperanto, por lo que le escribí una respuesta en la que explicaba que en Japón aún no se había avanzado en lo más mínimo al respecto. Al poco de volver al país antes de la guerra, me llegó una postal por parte de otro remitente desconocido, esta vez de México, aunque escrita también en esperanto. Estaba al tanto de que también se habían traducido libros de texto al español, así que cabía esperar que hubiera esperantistas en México, pero recibir la postal supuso una sorpresa pese a todo. Me enorgullece que sea poco a poco la lengua franca de los pueblos del mundo. Según informa el señor Abiko, en la Cámara de Comercio de Londres se ha incluido el esperanto como requisito para la secretaría; además, el doctor Kuroita afirma que también hay una guía del esperanto en una de las estaciones de dicha ciudad inglesa, con lo que se va desmintiendo que el esperanto sea una ensoñación o una utopía como declaran algunos, sino que se trata de un idioma global cuyo valor ya ha quedado patente entre las gentes y cuya práctica se está llevando ya a cabo.
Hablamos de un desarrollo que se ha llevado a cabo en menos de 20 años desde que se inventara, con lo que nos queda claro lo siguiente: primero, que la comunicación entre las personas va en aumento, con lo que la necesidad de que surja una lengua franca resulta más y más apremiante; y segundo, que el esperanto es un idioma con los rasgos esenciales para cubrir dicha necesidad. Enseguida repararán en su sencillez, ya verán. Para muestra, un botón: la gramática está compuesta por tan solo 16 normas y el vocabulario esencial por apenas 1000 palabras troncales. Todas y cada una de ellas están recogidas en un apéndice a modo de diccionario al final de mi libro, «La lengua franca», de modo que con tal lista a mano y haciendo buen uso de las 16 normas gramaticales, en poco tiempo podrán leer un libro, entablar una conversación o escribir una carta sin que el uso del idioma les suponga un esfuerzo desmesurado. Como más valen pruebas que argumentos, he de contarles que cuando estudié el esperanto en Vladivostok bajo la tutela de Postnikov, lo único que me enseñó fue cómo leer el abecedario, pero es que además no llegué a aprendérmelo al completo, sino que pasé a estar ocupado con otros asuntos y embutí el libro de texto en la mochila sin que tan siquiera lo hojeara guiado por la curiosidad. Cuando recibí la carta del remitente francés en Pekín, saqué el diccionario y me puse a buscar palabra por palabra para descifrar lo que había escrito. Lo entendí todo sin problema. Esto me llevó a la siguiente pregunta: ¿podría yo redactar una respuesta? Tengan en cuenta que hasta entonces no había puesto en práctica lo aprendido, con lo que aquel iba a ser el primer texto que escribiese en esperanto. Al principio reconozco que recelé de la idea, pero después de leer la gramática y repasar el diccionario, me resultó bastante sencillo redactar la carta, con una respuesta de estructura bastante prosaica que, pese a todo, cumplía con su función de transmitir el significado. No es algo que únicamente haya experimentado yo, sino cualquiera que se adentre en el esperanto.
El otro día un amigo me insistió en que le enviara una copia de «La lengua franca» e hice lo propio. Resultó inesperado que, muy poco tiempo después, me enviara una carta de tres páginas en esperanto. Estaba escrita con mucha fluidez, quizá porque este amigo mío había vivido durante bastante tiempo en Londres y hablaba un inglés impecable, pero me contaba sorprendido que el aprendizaje del esperanto le había resultado muy sencillo. Y sencillo es, desde luego; no se me ocurre idioma alguno en el mundo entero el que se puedan escribir varias frases sin profundizar tanto en los estudios, pues basta únicamente con saberse las 16 normas gramaticales. Habrá quienes crean que tal sencillez para la composición dificulta la expresión de ideas complejas, pero les aseguro que no es así. Verán que al final de «La lengua franca» se recoge también un catálogo de obras que ya se han traducido al esperanto, como «Hamlet» de Shakespeare o «Cuentos de Navidad» de Dickens, además de poemas de Heine y Goethe y obras de otros tantos autores como Byron, Pushkin, Tolstói o Sienkiewicz. En su día publiqué en la revista Shinshōsetsu una traducción del relato «Cuatro días» de Garshin con la firma «苅心 (Karushin)»; pues bien, hasta obras tan concretas tienen ya su contraparte en esperanto. Todo lo que he mencionado pertenece a la vertiente más artística de la literatura, pero también existe una traducción de la «Monadología» de Leibniz, un tratado filosófico, con lo que no hay razón de peso para afirmar que no se puede expresar en esperanto lo que ya se describe en cualesquiera de los otros idiomas del mundo, y como no requiere de un nivel de estudio tan exigente como estos, el futuro del esperanto resulta de lo más halagüeño. En cuestión de diez o veinte años puede que este idioma abarque un uso práctico mucho mayor y, dentro de cincuenta años, quizá se convierta en una asignatura obligatoria en los colegios de bastantes países. Como todo estos pronósticos no resultan descabellados, no hay lugar sino para el optimismo.
Aún tengo mucho que comentar acerca de este idioma, aunque cabe mencionar que pese a que el inglés es un idioma extendido por todo Japón sigue sin haber sido adoptado por la mayoría de la población, así que a estas personas que aún no han aprendido un idioma extranjero les recomiendo encarecidamente que primero opten por el esperanto. Ya sea en inglés, alemán o cualquier otro idioma extranjero de la actualidad, raro es que alguien se anime a publicar de inmediato lo que haya escrito; la mayoría de veces necesita que un nativo de la lengua de turno haga un repaso previo para mayor tranquilidad. En cambio, como el esperanto es un idioma sin fronteras, ya se tiene en consideración que cada país contará con su propia variante, si bien adherida a las convenciones gramaticales y lexicales del esperanto: los ingleses hablan inglés, los franceses hablan francés y los alemanes hablan alemán, pero en Inglaterra también hablan un esperanto aguado a la inglesa, en Francia un esperanto a la francesa y en Alemania un esperanto a la alemana. Por tanto, no creo que suponga problema alguno que el esperanto hablado en Japón arrastre dejes del japonés. Este es un tema extremadamente apasionante y espero que muchas personas se animen a crear una variante japonesa del esperanto; un esperanto con esencia japonesa que sirva para comunicarnos con fluidez con personas de todo el mundo. Puedo hablar sobre este tema largo y tendido, ¡pero bueno!, será mejor que por ahora lo deje aquí.
(Octubre de 1906)
Fuente original: «Recopilación de literatura japonesa moderna - Tomo 1: Novelas políticas, Tsubouchi Shōyō y Futabatei Shimei「現代日本文學大系 1 政治小説・坪内逍遙・二葉亭四迷集」
Editorial: Chikuma Shobō (1.ª edición: 5 de febrero de 1971; 15.ª edición: 10 de noviembre de 1985).
Transcripción: Takashi Tsuchiya
Corrección de la transcripción: Juki
Publicación en Aozora: 4 de enero de 2007